miércoles, 5 de agosto de 2009

Conversa conmigo o "Adiós, Cuba."

Es raro encontrar buena conversación y casi imposible encontrar excelente conversación. Las mujeres no jugamos cuando decimos preferir una buena conversación a un monumento de hombre.
Se llama Yamiel y es cubano. No lo voy a volver a ver, pero debo decir que ha sido uno de los hombres más significativos en mi vida. No porque haya pasado algo entre los dos (lo único que intercambiamos fue palabras), sino porque con palabras logró llevarme a lugares los cuales tal vez nunca visitaré y me hizo sentir la importancia de una pausa, de un respiro como invitación a descubrir qué había más allá de aquellos ojos inquietos que buscan en el horizonte nuevas aventuras.
No sé qué más decir de él. Sólo sé era necesario un espacio sólo para él. En Vigo amanecerá en algunas horas; el mar debe estar inquieto por ser acariciado de nuevo por el sol. Sin embargo, también ha de inquietarse por saber quién se sentará en su puerto una tarde tranquila a conversar y a despedirse para nunca verse más. Esas aguas llevan en cada ola una despedida silenciosa, un deseo de poder decir en voz alta: "Adiós, Cuba, no te olvides de mí".

Celos.

Sí, esas malditas polillas que carcomen el alma como si fuera un trozo de tela. Podemos tratar de luchar contra ellos, pero sabemos perfectamente dónde están y por qué están ahí. ¿Qué hacer para matar estos desgraciados bichos? Nada, realmente no se puede hacer nada si no se tiene la madurez suficiente para aceptar, en primer lugar, que se encuentran dentro de nosotros y son parte de nuesta propia naturaleza.
Después de esto sólo queda esperar. Tener paciencia; dejar al tiempo y a la razón hacer su labor teniendo especial cuidado en no interferir en su preciosa labor. Esto último puede ser particularmente peligroso y he aquí la razón: podemos estar seguros de estar curados completamente, podemos hasta decidirlo, vaya. Sin embargo, los celos despechados por el intento de haber sido eliminados suelen atacar con más violencia y provocar daños irreparables.
Cuando los celos mueren se sabe porque uno no los recuerda más y si lo hace no comprende su razón. Es lo gracioso de los seres humanos: podemos sufrir hasta rompernos el alma, pero a su debido tiempo olvidamos el dolor, lo escondemos y pretendemos que no existe. No obstante, el dolor siempre sabe cómo regresar a nosotros y lo hace escodiéndose en nuestras debilidades, ayudándose de sus más leales compañeros, teniendo especial fuerza estas semillas llamadas tan sencillamente "celos".

martes, 4 de agosto de 2009

Volver.

Un viaje siempre cambia a las personas, a los lugares y las situaciones. No permanece nada igual; ni siquiera el propio viajante puede regresar al hogar. Encontrar los lugares conocidos cuando se han vuelto extraños y mirarse en el espejo para encontrar una cara nunca antes vista suelen ser situaciones comunes al volver de una larga travesía.
El aire no huele igual, el agua no sabe ni se siente de la misma forma en la piel; todo es nuevo. No hay la seguridad de estar en casa porque "casa" no existe más, es sólo un espejismo del pasado, un lugar que encierra historias sin tiempo, pero también historias ajenas.
Sentir la propia piel sin sentirla realmente también es parte del proceso de volver. El comenzar a aceptarse diferente e igual al mismo tiempo. Dejar de temer al cambio y empezar a asimiliar, poco a poco, poro a poro que nunca más nada será como fue y que nada será de nuevo como es hoy.