Un viaje siempre cambia a las personas, a los lugares y las situaciones. No permanece nada igual; ni siquiera el propio viajante puede regresar al hogar. Encontrar los lugares conocidos cuando se han vuelto extraños y mirarse en el espejo para encontrar una cara nunca antes vista suelen ser situaciones comunes al volver de una larga travesía.
El aire no huele igual, el agua no sabe ni se siente de la misma forma en la piel; todo es nuevo. No hay la seguridad de estar en casa porque "casa" no existe más, es sólo un espejismo del pasado, un lugar que encierra historias sin tiempo, pero también historias ajenas.
Sentir la propia piel sin sentirla realmente también es parte del proceso de volver. El comenzar a aceptarse diferente e igual al mismo tiempo. Dejar de temer al cambio y empezar a asimiliar, poco a poco, poro a poro que nunca más nada será como fue y que nada será de nuevo como es hoy.

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