jueves, 27 de junio de 2013

Cada año, en estas fechas

Se me viene tu recuerdo y tu ausencia. Ya no es mi necesidad de sostenerte, ya no es mi necesidad de besarte la nariz ni las pestañas ni las manos. Es eso: vacío. Es como cuando se cae la costra que cubría la herida y ahora sólo queda una marca insignificante, casi desvanecida. No estás, ya no estás más. Ni siquiera el demonio de lo nuestro, aquello que no fue, lo que se acabó y no regresa. 
Ya ni siquiera me quedan lágrimas, toda la sal que junté de llorar la usé para guisar. Y ya no puedo quebrarme como hace un año ni como hace dos. Ya no vas a ningún lado ni volviste para besar alguien más. Ahora no hay encuentros casuales en los pasillos de la facultad, no hay siquiera palabras cordiales cuando revisamos las redes sociales. No estás. No estoy. Dejamos de ser, aunque las noches me reclamen con ecos de tu voz, una voz que ya no dice: "Te quiero, buenas noches", ahora me grita: "Adiós, Montse, ya no me añores". 

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