jueves, 5 de noviembre de 2009

Démelos...

La miraban desde la acera. Cuatro penetrantes ojos la miraban desde la acera. Sus cuerpos sobre un trozo largo de jerga temblaban, tal vez de dolor, tal vez de miedo, tal vez de frío. Inmovilizados esperaban el destino deparado para su especie: ser alimento. Un brillo especial se desprendía de sus pupilas atemorizadas y desafiantes; aprovecharían cualquier oportunidad para escapar y ella lo permitiría.
-Le va a quedar bien sabroso su mole... mejor que con guajolote, en serio.-dijo la anciana vendedora. Al igual que sus víctimas, miraba con una mezcla de recelo y súplica. Sólo un par de cosas más estaban tendidas en el viejo pedazo de tela. Venderlos a los dos sería dar sustento al pequeño haraposo que se encontraba a su lado. La miraban desde la acera.
-Démelos.- respondió sin pensar. Ahora caminaba por las calles del pueblo con un par de inquilinos huidizos y extraños. Acababa de comprar un par de gallos. No un gallo y una gallina; no un perro, no un pollo, ni un conejo: dos gallos excitados por el olor próximo de su libertad. Entre plumas y picos, crestas y patas con garras afiladas, de pronto se dio cuenta que esas aves eran lo único que tenía.

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