jueves, 3 de septiembre de 2009

La habitación.

Empuja la silla de ruedas hasta el pequeño cuarto donde sabe sucederá lo inevitable. Dos camas con sábanas blancas: lo único que hay. Una de ellas está ocupada por una niña con la piel amarillenta y mirada perdida; escucha música, su pequeña cabeza se ve adornada por unos audífonos de diadema color negro. Ella ya no está, va hacia otro lugar muy lejos de aquí, pero también él.
Lo carga delicadamente para colocarlo sobre el lecho que lo espera. Hace mucho no hablan, no porque no quieran, sino porque no pueden. El accidente lo había dejado catatónico, estaba, pero no estaba. Sus ojos azules a veces brillaban como si hubiera regresado, pero no, sólo era una ilusión.
Ella sabe que debe dejarlo ir. En ese momento, al sentarse a su lado, pasa algo extraordinario: él vuelve la cabeza y la mira como antes. Ella lo besa y, entonces, siente como su último aliento se converte en el primero de ella. El primero porque la vida como la conocía se termina con esta delicada espiración Renace con ese beso, pero también pierde lo que más ama: ese ser que ahora la mira inerte desde la cama. Cierra sus ojos y parte. La habitación del adiós ahora cerraba sus puertas, era hora de emprender un nuevo viaje hacia un lugar desconocido. Un viaje que hará sola... muy sola.

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